Costura a domicilio

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© Eduardo Frias Etayo

martes, 15 de enero de 2008

Crónicas de Indias

Soy el veedor y oidor de su Santísima Majestad
Tengo la vista de águila
Oigo el rumor de los saltamontes en la hierba

Solo que a veces el ojo pestañea
Y el son de las trompetas aturde el oído.






I

Tierra más hermosa ojos humanos no habían visto, y ciertamente hermosa debió parecer ante tus ojos miopes de tanto azul en todos sus tonos. Alegría para tu cuello estrangulado por la amargura, y alivio para el temor ante torvas miradas cada vez que te aventurabas fuera del camarote. Cuantas noches te atenazaron el cuerpo las fauces del hambre, cuantas madrugadas te vapuleó la zozobra. Es cierto es una hermosa tierra, pero a ti... a ti debió parecerte cien veces más hermosa.






II

Inés tiene encajada tres o cuatro estrellas en el insomnio y bajo los encajes de su vestido asoman como bestias mansas los cañones que cuidan la bahía y su espera, que no se rompe ni con el tronar de estos.






III

Hernando a la cabeza de sus bravos navega. La leyenda lleva todas sus velas desplegadas. Hernando sueña con la Fuente de la Juventud, Inés, mientras tanto, pierde la suya tras los muros de la espera.






IV

Supo en algún momento el pobre pescador que abandonó la piragua, tal vez el náufrago devorado, quizás el navegante indígena, despojado de su canoa por un temporal, que una piragua abandonada flotando en el Golfo sería un mal augurio.
¿Sabía acaso la trascendencia de aquel tronco ahuecado surcando las aguas? Tal vez no lo supo nunca. Pero Alaminos si lo recordó. México firmaba su sentencia a bordo de una piragua abandonada.






V

¿Dónde comienza el límite del no hay regreso? Un paso, quizás con el pie derecho para la buena suerte. Cruzar una frontera, borrar tus propias huellas con ramas, no para el enemigo que pueda seguirte, sólo para no caer en la tentación de volver sobre ellas. César lanzó los dados de su suerte al forzar el Rubricón. La suerte está echada. Cortés teme. Lo apabulla su propio miedo y trata de evitar el contagio. Quemad las naves.






VI

Todo el honor puede irse al diablo con una anécdota de romanos. Sandoval refugia su amargura en los bergantines. Garci Holguín moja su esfuerzo en la lluvia que va anegando Tlatelolco. Cortés, entre tanto, va preparando alguna otra anécdota acerca de la traición, la muerte o la vileza.






VII

De buenas intenciones está empedrado el camino al infierno. Balboa abandona la hamaca de Anayansi y comienza a adoquinar los senderos de Darién al Cuzco. Detrás sobre la alfombra roja que desenrolla la sangre del Adelantado del Mar del Sur va el porquerizo que abandonó su piara para convertirse en verdugo.






VIII

Dura fue la risa de maldiciones de Don Pedro al ser apresado.
Duro fue su lamento al penetrar la mano india por la herida para sacarle la palpitante víscera.
Duro fue su corazón a las mordidas.
Duro fue el siguiente combate frente a los duros araucanos.






IX

En la miseria y el olvido va tallando su última página Don Cristóbal. De la Cosa señala en el mapa de su cuerpo con duras saetas de la impenetrable selva. Núñez de Balboa deja caer su cabeza para que se apoye el pie de Pizarro en su escalada de los Andes donde, el aún no lo sabe, lo esperan las espadas de Juan de Rada. Hernando desconocedor hasta de su suerte deambula por la Florida buscando milagros.






X

Natividad la arrasada languidece. Tenochtitlán va cediendo en un último intento por ahogar a la México que no trepa hacia el cielo en campanarios de iglesia sobre la Casa de Tezcatlipoca. Nueva Extremadura muchas veces construida. La Habana espera aún el milagro de una fuente.


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