Costura a domicilio

Costura a domicilio
© Eduardo Frias Etayo

lunes, 23 de septiembre de 2013

AZULEJOS
Una manada de jodidos azulejos. Eso es lo que éramos. Algunos dirán que bandada porque los azulejos son pájaros. Siempre me pareció que éramos más una manada. Una manada de corderos azules. Unos fiñes tratando de inflar pecho porque éramos diferentes. Una mancha roja de monograma en el brazo izquierdo nos hacía creer mejores. Y de alguna forma lo fuimos, pero de eso no me enteré hasta llegar a la universidad. En secundaria y el pre éramos sólo unos engreídos que miraban por encima del hombro la otra manada, la de arroz con chícharo de las escuelas de la calle. Esa era la diferencia nosotros los duros de la beca de talentos, ellos los de la calle. Una manada de azulejos que al bajar de las guaguas los fines de semana inflaba el pecho, y se olvidaba de preguntas sopladas en exámenes, y el miedo a las bofetadas y a la pasta de diente en la cara en las noches.

miércoles, 26 de junio de 2013

Ya las vidrieras de las tiendas no me sonríen sarcásticas a comienzos de julio. Ayer llegué a mi pueblo natal, siempre los mismos comentarios de cómo ha cambiado todo. Para mi sigue igual. El mismo silencio los días de semana. Las mismas gentes. El mismo parque. Sólo son diferentes las vidrieras de las tiendas. No es por tanto producto nuevo, y de marcas no rusas o españolas. En julio, hace ya unos cuantos años, incluso era niño, las vidrieras se burlaban de mi ambición infantil. Dicen que en Nueva York, en una tienda, que se llama algo así como Meicis (uno de esos nombres gringos), las vidrieras también se llenan, pero es para diciembre. Acá era en julio. Calor y juguetes, en dosis enormes. Tres oportunidades. Bastante bueno, y de ahí sin escala, malo, y mierda. Sobre todo si tenías mi dichosa suerte. Todo el año esperando el sorteo, mientras jugabas con la pelota de goma, juguete dirigido del año pasado, y único sobreviviente de los tres que te tocaron. Juguetes básicos, no básicos y dirigidos. Los dos primeros nunca entendí su clasificación, los dirigidos si tenían bien puesto el nombre, eran dirigibles por la mano, pelotas de goma, bolas, o algún soldadito de plástico. Aquí todo es por sorteo, incluso el abandono por propia decisión es si te toca en el sorteo. Noche en vela esperando el resultado del sorteo. Nunca me tocó un número mas bajo del 1500. Llegabas a la tienda que te asignaban. Buscabas tu nombre, o el número de tu libreta. Descubrías que te tocaba el tercer día de juguetes, porque eran los días de juguetes, una semana al año, no más. Que tu turno fuera el tercer día implicaba que, cuando te pararas frente a la vidriera, sin conocer a Dante, perdieras toda esperanza al cruzar la puerta de alcanzar algún juguete medianamente envidiable por tus colegas del barrio. Cero bicicleta, cero escopeta de balas plásticas, cero juguete cabledirigido (aun los teledirigidos estaban por salir del vientre de alguna fábrica japonesa), cero maravillas armables. Confórmate con camión de tracción por cabuya, una cerbatana plástica, y un juego de bolas (la pelota de goma ya la compraste el año pasado). Ver cuanto te duraban, la cerbatana era la primera en morir al ser doblaba contra la rodilla de tu padre después de recibir un dardo en la cabeza en plena siesta (o en el acto de dormir la mona). Las bolas generalmente iban desapareciendo en el bolsillo de amigos mas diestros jugando a la olla, o cualquier otro deporte caniquístico. El camión plástico al final terminaba tirado en el patio sin ruedas. Y a esperar por un nuevo julio, y un nuevo sorteo, y un nuevo desengaño. De adulto me enteré que el sorteo de mi bodega estaba amañado. Ahora frente a las vidrieras de la tienda veo un montón de juguetes, están ahí todo el año. Ya no es necesario esperar a julio, ahora es sólo tener ese dinero.
Aprovechando el día libre me puse a trabajar en las notas que serán el libro sobre mi tesis de maestría, y en ese justo instante, no sé si por el termo de té (y su mezcla con alcohol por supuesto) atacó la nostalgia. Y lo primero que vino a la mente, como cada vez que preparo té negro y mezclo con sustancias químicas que incluyen una terminación -OH y olor a mar añadiendo calor extremo, fue aquellas tardes a base de esa misma dieta, en el apartamento de Nelson Ramirez De Arellano en Alamar (mi madre no era tan condescendiente hacia ese régimen alimentario). Tardes de Nelson pintando y yo aporreando la Underwood '44, máquina que la amabilidad (algunos dicen que para no oírme teclear la tarde entera) de Nelson hizo que terminara en mi casa. Tardes de té y alcohol made in Alberto el pescador (no confundir con personaje de serie segurosa televisiva), de Pink Floyd, Jean Michel Jarre, Sacred Spirit, Andreas Vollenweider, Miles Davis, Carl Tjader. Tardes que si llegaba Pupito pasabamos a rock directo. Leyendo libros, muchos prestados y que llegaban por aquellas cadenas milagrosas de préstamo en que el algun momento se olvidaba quien era el prestatario y que el libro terminaba en un completo desconocido (la serie de Cortazar era de Ludmi, y juro que la devolví). Hoy recordaba esas tardes, el calor, el té, el alcohol, el olor de mar cercano, el edificio de paredes anticlavos para colgar cuadros, y si no fuera por la puta sirena de alarma de tsunamis que no pasan ni cerca de Puerto Rico diría cuando terminé esto me voy a llevarle un poco de alcohol a Nelson para que prepare té y nos pongamos a hablar mierda de Fontcuberta.